Diario inexistente.
Hay cosas que no sé explicar, y eso es lo que más me desespera, porque no es solo que me sienta mal, es que ni siquiera sé ponerle un nombre claro a lo que me está pasando. La gente habla de tristeza como si todo se resumiera en eso, como si fuera cuestión de llorar un poco, distraerse y seguir, pero lo mío no va por ahí, lo mío es otra cosa, algo más plano, más constante, más silencioso.
Es como vivir dentro de una niebla que no se va nunca. Al principio no te das cuenta, crees que es un mal día, luego dos, luego una racha, hasta que un día entiendes que ya no recuerdas cómo era ver todo con claridad. Da igual que haga sol, que sea primavera, que todo fuera esté como debería estar, porque dentro no cambia nada, dentro sigue todo igual de apagado.
He pedido ayuda, y eso en teoría debería tranquilizarme, debería hacerme sentir que ya estoy en el camino de salir de esto, pero no es tan simple, porque entre pedir ayuda y recibirla hay un tiempo que nadie te explica cómo gestionar, un tiempo en el que sigues exactamente igual, pero ahora con la conciencia de que no puedes sola. Y aquí estoy, en ese punto, esperando algo que sé que llegará pero que no llega todavía.
Mientras tanto, mi cabeza no para, pero no de la forma que la gente imagina. No es un caos constante ni pensamientos agresivos todo el tiempo. Es peor porque es más sutil. Son como susurros que no imponen nada, que no asustan, que no vienen con urgencia, sino con calma. Me hablan de parar, de descansar, de dejar de luchar un rato, y lo hacen de una forma tan suave que a veces cuesta ver el peligro. No suenan mal. Suenan tranquilos. Suenan a paz.
Y ahí es donde me pierdo, porque cómo explico eso sin que parezca que ya he cruzado una línea que ni yo misma sé si he cruzado. Cómo le dices a alguien que no quieres desaparecer exactamente, pero que tampoco sabes cómo seguir así. Que no es un impulso, que es un cansancio constante, que no es un momento puntual, que es un goteo.
Intento hablarlo, de verdad que lo intento, pero cuando estoy delante de un médico o de alguien que se supone que tiene que entender, mi mente se queda en blanco y mi boca se cierra. Porque cómo explicas un vacío que no está vacío, un silencio que está lleno de cosas que no sabes ordenar. No es una tristeza que se desborda, es algo que se queda dentro y pesa, y pesa todo el rato.
Aun así sigo, y ni siquiera sé muy bien cómo lo hago, pero sigo. Supongo que hay una parte de mí que todavía cree que esto no es para siempre, que esto tiene una salida aunque ahora mismo no la vea. He pedido ayuda y eso significa que, en algún sitio dentro de mí, todavía hay intención de salir.
Pero no voy a fingir que es fácil. Hay días en los que todo cuesta, en los que levantarse no es rutina sino esfuerzo, en los que estar aquí no es automático sino una decisión constante. Y eso agota. Agota más de lo que la gente imagina.
Porque la depresión no siempre destruye de golpe, a veces simplemente te va apagando poco a poco mientras tú intentas mantenerte encendida sin saber muy bien cómo.
Este espacio no es un blog bonito ni algo pensado para gustar. Es lo único que tengo ahora mismo para soltar todo lo que no puedo decir en voz alta, lo que no sé explicar cuando me preguntan, lo que se queda dentro dando vueltas sin salir.
Sigo esperando ayuda, porque sé que la necesito y porque sé que, en algún momento, llegará. Pero mientras tanto, mis días siguen siendo eso, días nublados incluso cuando fuera brilla el sol.
Y aun así, sigo aquí.